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Ante las figuras del Cristo o la Virgen, un muro de silencio se cuaja sobre miles de personas. Puede oírse el vuelo de una mosca. Creyentes o no, los vaivenes del paso arrancan un clamor de las gargantas y un relámpago emotivo hiela en una solemnidad casi irreal el aire, del asfalto a las nubes.

Dogma de fe para unos o poderoso fenómeno antropológico para otros, en cualquiera de las céntricas calles que estos días son el escenario de la Semana Santa en nuestro país, quizás el afilado 'quejido' de una saeta sea la única sílaba autorizada a cruzar el aire teñido de incienso. Y en el epicentro, las imágenes.

"El imaginero trabaja con sentimientos, y esos sentimientos, si los has volcado sobre la obra, la imagen los traslada hacia fuera durante su contemplación. Es un feedback que se produce con el espectador, los sentimientos van y vienen, siempre están presentes (...) hay un trabajo interior, no solo es un trabajo intelectual, sino emocional.

Hay que unir todos esos factores para que el resultado trascienda del mero objeto artístico". Así explica a RTVE.es el escultor e imaginero Alberto Pérez Rojas (Ronda, 1982) el secreto sencillo de su difícil trabajo.

"La imaginería como disciplina escultórica pertenece a un tronco común que es la escultura. Luego es necesaria una especialización en el taller de un escultor imaginero", explica Pérez Rojas, y menciona la profunda huella que, tras la facultad de Bellas Artes, dejó en su aprendizaje el que fuera su mentor: "Mi maestro fue Juan Manuel Miñarro López, catedrático de modelado, imaginero extraordinario y un grandísimo escultor. Con él aprendí una parte del recetario de talleres, del oficio, y cómo proceder dentro de esta disciplina".

Artistas de este mundo, intermediarios de otro

"La obra se va gestando en un proceso bastante largo, no es sencillo. Tiene un componente formal, puramente académico, que respondería a la obra como objeto, como pieza escultórica, modelado, policromía, etc. Pero en la imaginería hay otra implicación, y es que se trata de una imagen a la que se le reza, a la que se le exige una función religiosa, que traspase el objeto artístico para transformarse en una imagen devocional con la que el espectador se conmueva durante la oración o durante la contemplación de esa imagen", detalla el escultor.

El imaginero se desenvuelve en un territorio ambiguo en el que la expresión artística vuela con alas medidas y la intensidad tiene un pie en la sensibilidad y otro en la convención religiosa.

Límites que describe el entrevistado: "En la imaginería hay ciertos márgenes en los que nos movemos. El español está acostumbrado a ver un cristo con una determinada cara, expresión y canon de belleza. Estamos habituados a ver la imagen de la Virgen María con un tipo de representación. No nos gusta movernos de unos cánones establecidos de una forma muy brillante en siglos pasados y en los que la devoción popular española se ha movido siempre".

Según el artista rondeño, "al imaginero se le debería pedir que tenga una vida interior algo más elevada. Hay a lo largo de la historia del arte imágenes de notable calidad artística, como las de Mariano Benlliure, de una altísima calidad, pero no alcanzan la emoción de algunas tallas de Gregorio Fernández.

En este caso existe una mayor implicación psicológica y devocional que trasciende la obra. La obra tiene una extensión hacia fuera, la emotividad trasciende hacia el exterior y el resultado no queda en una demostración técnica o formal extraordinaria, uno en el siglo XX y otro en el XVII".

La imaginería... Barroco en el siglo XX

"El Barroco sigue vivo porque nosotros nos sentimos cómodos dentro del Barroco", valora Pérez desde su condición de titulado en Bellas Artes.

Y como imaginero matiza: "El fiel no se suele sentir cómodo o a gusto dentro de otras variantes o imaginerías, que son válidas y recomendables, pero es cierto que algunas incursiones del arte contemporáneo dentro de la renovación de la imaginería no han cuajado. No sé si no es porque tenemos interiorizado el modelo de María, Cristo o el santo, y cuesta mucho el rezo a una imagen de un Cristo que no tuviera barba o a una virgen con el pelo de otro tono".

Directrices concretas para un arte funcional por obligación: "Estos factores nos encasillan en un tipo de iconografía en la que el fiel se siente plenamente identificado, y a nosotros, supeditados a los encargantes, nos obliga a movernos dentro de unos patrones.

Esto nos da poco margen de innovación, y, obviamente, cuando estamos realizando imágenes figurativas, la abstracción está totalmente descartada. Las imágenes son un medio para rezar, y ¿cómo identificar un medio si no tiene un referente natural, si representamos a Cristo, María o un santo con una abstracción acusada? Aquí es donde se separa el arte contemporáneo de la imaginería".

Definitivamente las figuras reinas son las tallas centenarias firmadas por los grandes maestros como Martínez Montañés, Gregorio Fernández o Salzillo, con una impronta muy arraigada en el gusto de quienes mantienen esta industria.

La imaginería es un arte de encargo, Recuerda Pérez Rojas, aunque atentos a los resquicios de innovación: "Los artistas contemporáneos nos dedicamos a las peticiones de los clientes, que son con quienes trabajamos, pero también intentamos aportar algún elemento nuevo que no se haya cultivado y actualizar en cierta medida la disciplina con nuestra visión, eso sí, partiendo de un suelo que es extraordinario y no podemos obviar. Tenemos ese referente y es un referente de peso".

Arte tradicional, negocio contemporáneo, y lágrimas

"Hay un ramillete de escultores en España de mucha calidad. También hay gente que viene detrás pero con escasa preparación. Tienen prisa y en ese ímpetu se queda mucha formación atrás. También hay una guerra de precios por llevarse el encargo que en vez de ser un factor competitivo a favor de la calidad, se ha convertido en todo lo contrario", se lamente Pérez Rojas, y añade un dato: "Últimamente se da el caso que algunas imágenes deben sustituirse porque el déficit de calidad provoca una mala acogida entre los miembros de una cofradía o una parroquia".

Y es que la excelencia artística, más allá de consideraciones formales, no deja de ser sino un factor que apuntala un único objetivo, la emoción religiosa: "A algunos clientes, cuando vienen a recoger las imágenes se les saltan las lágrimas. Hay que tener en cuenta que suelen ser muy deseadas y que el proceso de realización lleva un año o año y medio, y durante ese tiempo ellos viven cómo se está gestando y como va surgiendo. Esto crea una implicación emocional con respecto a la obra muy intensa. Cuando se termina y va a su sitio hay todo tipo de reacciones y sentimientos, sobre todo tras la bendición de la misma".

"Se trata de una industria que mueve mucho dinero, según las localidades. En Sevilla, por ejemplo, el volumen es mayor que en otras ciudades", aclara Cristina Gómez López, gestora de patrimonio cultural. Como muestra, nos indica que "una pieza textil perteneciente a un ajuar puede llegar a valer miles de euros", y añade argumentos que explican en parte la trayectoria de esta demanda: "Por ejemplo, la guerra civil destruyó mucha imaginería que hubo que reponer posteriormente". Valor que Pérez Rojas nos confirma: "Un crucificado a tamaño natural puede llegar a costar 20.000 euros".

Mientras tanto, cada año vuelve a vibrar esa humana madera impulsada por costaleros y la emoción del público. Pasión reeditada por la fuerza del turismo y por la permanencia de sus modelos. Y entre ellos uno que Alberto Pérez Rojas, imaginero, señala sin dudar: "El cristo de la Clemencia en la catedral de Sevilla, tallado en 1603 por Juan Martínez Montañés. Es una imagen que, para los imagineros, reúne las cualidades de una imagen total, su corrección anatómica es perfecta, y su policromía, realizada por Francisco Pacheco, es extraordinaria".

Fuente: RTve